La narrativa de la escritora estadounidense Shiley Jackson (1916-1965) es tan peculiar como su propia vida. Sus relatos y novelas están plagados de obsesiones, crisis psicológicas y recovecos oscuros, en los que analiza con cierto toque de humor negro los abismos del ser humano y sus contradicciones. Su última novela, Siempre hemos vivido en el castillo (We Have Always Lived in the Castle, 1962), recoge esas obsesiones, así como sus virtudes narrativas y aquellos elementos que sus críticos denostan en ella, elevándolos a la décima potencia: la historia de dos hermanas, las Blackwood, que viven aisladas junto a su tío enfermo en una mansión, viviendo unas existencias marcadas por un acontecimiento que tuvo lugar años atrás: la muerte de la mayoría de los miembros de su familia por envenenamiento.

La narradora de Siempre hemos vivido en el castillo es Mary Katherine, a la que todos apodan “Merricat”, quien, desde su punto de vista, va narrando cómo es su vida en la mansión y el odio que despiertan ella y su hermana entre los habitantes del pueblo donde viven, North Bennington. El motivo no es otro que la existencia de Constance, su hermana mayor y presunta artífice del envenenamiento de todos los miembros de su familia.

El juego perverso de Shirley Jackson es hacer empatizar desde un inicio al lector con la joven narradora, para poco a poco diseminar sospechas y abocarlo a un desenlace cada vez más retorcido e inquietante. Con aspecto de un perturbado cuento de hadas, donde encontramos un castillo, hadas, ogros y princesas, Siempre hemos vivido en el castillo se desvela como una narración donde el terror doméstico impregna todas las páginas de la novela.

En este sentido, la novela tiene como uno de sus elementos más interesantes la manera de trazar y esbozar el psiquismo de la narradora protagonista, perturbado y lleno de manías que van trazando su rutinaria existencia. Una mujer perturbada que decide enfrentarse al mundo aislándose de él.

Siempre hemos vivido en el castillo explora los límites de la perversidad humana y cimienta su narración sobre el tema del aislamiento, la hostilidad hacia los demás seres humanos y el miedo al cambio, elementos que conectan con la vida de la propia autora (Shiley Jackson padecía neurosis y agorafobia). Se trata de temas recurrentes en su obra y que también encontramos en la muy destacable la recopilación de su obra corta Cuentos escogidos publicada por la editorial Minúscula. Una obra para amantes de las historias con un toque perverso.

Ficha bibliográfica
Shirley Jackson, Siempre hemos vivido en el castillo (traducción de Paula Kuffer), Barcelona, Minúsucula, 2017, 204 páginas.