Un lugar pagano evoca un extraño aroma a verde y a memoria. A verde por el tipo de paisajes y recorridos físicos que acerca de Irlanda tenemos instalados en nuestro subconsciente. Al menos, de esa Irlanda rural que hemos aprendido a amar a través de novelas y películas. Una suerte de idealizada Arcadia que tiene mucho de real. Y a memoria por la manera en la que la novela está construida. Una historia autobiográfica tejida con recuerdos y cierta nostalgia.

La narración de la escritora Edna O’Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) es un recorrido de tú a tú (nunca mejor dicho, ya que Un lugar pagano (A Pagan Place, 1970) está narrada en segunda persona del singular) por los recuerdos de su protagonista, que viaja desde la niñez hasta la adolescencia paseando por los recovecos de la memoria que circunda la historia de su familia. Un viaje que, desde ese parapeto, aborda temas universales como la familia, la infancia, la sexualidad y la muerte. La vida, en definitiva.

El escritor John Berger destaca precisamente esta vinculación con la memoria: “Las primeras ochenta páginas constituyen una reconstrucción de una experiencia de la infancia que, hasta donde yo sé, es única en la lengua inglesa… Es un libro excepcionalmente memorable porque su genialidad proviene del dolor mismo de la memoria.” Porque eso es lo que recoge Un lugar pagano y lo que conmueve al mismo tiempo al lector: recuerdos de la niñez de la narradora que emanan de experiencias dolorosas que se conjuran gracias al acto de narrar y rememorar. Por eso la historia de la protagonista va calando de una manera tan sutil y eficaz en nosotros. Es real y palpitante. Es local y, a la vez, universal.

Edna O’Brien es una escritora vital capaz de crear un hermosísimo retrato de la vida irlandesa en las aldeas rurales en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, repleta de contradicciones religiosas, sociales o políticas.

El recorrido que propone la irlandesa es el de la madurez de la narradora. Dividida en tres partes, Un lugar pagano se inicia en la niñez, pasa al inicio de la pubertad y se cierra con la llegada de la adolescencia. Un viaje recogido en numerosas ocasiones en la literatura pero que sin embargo en manos de Edna O’Brien adquiere un nuevo brillo gracias a la naturalidad con la que está escrito.

La Irlanda de Edna O’Brien en Un lugar pagano se define a través de los pequeños detalles. Es la suya una historia de familias asfixiantes en las que la opresiva religión católica tapa cualquier orificio para respirar, de mujeres que se rebelan y que son penalizadas por el disfrute de su libertad, de susurros y secretos, de paisajes de verde brillante y acercamiento a la juventud.

La mirada de la narradora es la de una niña que observa perpleja la realidad social de su país, a pequeños retazos, desconcertada, para poco a poco ir adquiriendo conciencia de su lugar en el mundo y de los mecanismos de la realidad. Un lugar pagado es, por eso, una de esas novelas que conmueven al lector y lo trasladan a un espacio de ensoñación y memoria, de dolor y crecimiento, de muerte y vida. Bellísimo  (y duro) libro el de Edna O’Brien.

Ficha bibliográfica
Edna O’Brien, Un lugar pagano (traducción de Regina López Muñoz), Madrid, Errata naturae, 2017, 251 páginas.