Había muchas ganas de que Margaret Atwood (1939) retomara la historia de El cuento de la criada. Sobre todo, a raíz de la popularidad que la novela distópica (afortunadamente) ha recobrado con la emisión de la serie de televisión del canal Hulu The Handmaid’s Tale, que acaba de emitir su (hasta el momento) tercera temporada. La secuela, titulada Los testamentos (The Testaments, 2019), ha llegado precedida de mucha expectación, sobre todo por saber cómo Atwood continuaría (o cerraría) la historia del régimen teocrático de Gilead. El resultado es una apasionante historia contada a tres voces casi al mismo nivel que su predecesora, en la que la escritora da respuesta a muchas de las preguntas que quedaron en el aire y que numerosos lectores de la primera entrega estaban ansiosos por conocer.

Los testamentos: un relato coral a tres voces

Han pasado más de treinta años desde la publicación de El cuento de la criada pero su vigencia, por los temas que trata, y por los símbolos que los colectivos feministas han comenzado a utilizar, está fuera de toda discusión. Por ello, la continuación de la historia de Gilead parece pertinente y Margaret Atwood lo hace con solvencia y maestría, con una narración que atrapa desde las primeras páginas. ¿Puede leerse sin conocer la primera novela? Posiblemente sí, pero se disfrutará aún más si se hace como una continuación y cierre.

Sin embargo, lo que no encontrará el lector en sus páginas es la voz de la protagonista El cuento de la criada, algo que los fans clamaban, aunque sí que hay una pequeña aparición de su personaje. “Lo que ellos pedían era una continuación en la voz del personaje de Offred, algo que yo no sabía si podría hacer”, explicó Margaret Atwood en una entrevista al diario Clarín. “Puedes escalar el Empire State con las manos una sola vez. Cuando vuelvas a intentarlo, te caerás. Ya fue inimaginable haberlo conseguido la primera vez. Esa voz estaba allí. Y dijo lo suyo. No hay nada que añadir”.

En su lugar, la escritora canadiense propone un interesante relato coral narrado por tres voces femeninas: Tía Lydia, personaje ya conocido en la primera entrega, cruel arquitecta del sistema represivo sobre las criadas (mujeres obligadas a procrear por el régimen de Gilead), Agnes, una joven hija de la clase dominante que relata su vivencia en Gilead desde dentro, y Daisy, una adolescente canadiense que hace lo mismo pero desde fuera.

Opresión, totalitarismo y corrupción

Margaret Atwood trata numerosos temas entre los que destacan la opresión hacia las mujeres (protagonista casi absoluto de El cuento de la criada), los peligros del totalitarismo o la corrupción. La acción transcurre 15 años después de que Offred subiera a una camioneta negra con rumbo desconocido, y lo que hace Atwood con esta nueva premisa es suministrar al lector pinceladas de información que le permitan entender mejor Gilead (la presencia de las Perlas es un gran hallazgo), los acontecimientos narrados en El cuento de la criada e, incluso, conecta con algunos elementos planteados en la serie de televisión, para acelerar la narración hacia el desmoronamiento del sistema totalitario.

LEER >  La trilogía 'MaddAddam' de Margaret Atwood será una serie de TV

Precisamente ésta es una de las premisas que marcaron la voluntad de la escritora canadiense al abordar la escritura de Los testamentos. Firme creyente de que los sistemas totalitarios tienden a desmoronarse y caer, la novela plantea una interesante reflexión sobre cómo se produce esa caída y, sobre todo, quiénes son las personas que están detrás de esa descomposición.

Pero tampoco abandona Margaret Atwood su denuncia de la opresión y abusos a los que son sometidas las mujeres en Gilead, planteando situaciones realmente incómodas (tan habituales por desgracia), como la descripción del sistema que provee de Esposas al sistema de Gilead o la inclusión de personajes como ese dentista pedófilo que abusa con impunidad o la figura del Comandande Judd, aficionado a tener Esposas menores de edad.

De las tres voces que plantea Margaret Atwood en Los testamentos, quizá sea la de Tía Lydia la mejor esbozada. A través de sus palabras (que recuerdan en ocasiones al Jane Eyre de Charlotte Brönte con ese «querido lector»), conocemos el pasado el personaje y entendemos cómo fue su trayectoria y escalada en el poder. En parte arribista, en parte víctima del sistema, verdugo sin duda para las criadas, se trata de un personaje complejísimo, lleno de claroscuros y dotado de muchísimos matices, quizá el mejor trabajado. Interesante también es el de Agnes, una niña de Gilead que desvela al lector los entresijos sociales y religiosos desde un punto de vista distinto de la criada, y su aceptación y posterior cuestionamiento. El personaje de Daisy, por su parte, retrata el extrañamiento ante un régimen demencial y absoluto, así como el idealismo y valores de la juventud. Una propuesta que, en términos narrativos, funciona muy bien al confrontar la mirada de una anciana junto a la de dos mujeres jóvenes: la que abrazó un régimen totalitario y ultraortodoxo movida por las circunstancias (oportunistas o no), y las hijas de Gilead, que comienzan a cuestionarse lo valores en los que han sido educadas.

Margaret Atwood nos propone un regreso al terrorífico mundo de Gilead, que impactaba y deslumbraba con mayor fuerza en El cuento de la criada (quizás en parte por su enorme repercusión y presencia mediática por la serie de televisión), pero que mantiene intactas las esencias en un relato con vocación de thriller que engancha desde la primera página. Bajo la mera capa narrativa, la escritora canadiense continúa reafirmando el mismo mensaje que impregnaba su anterior distopía: la opresión y el control pueden resurgir en cualquier momento y sólo con la asociación y la lucha se puede mantener intacta la libertad. Porque, como señala la escritora Ursula K. Le Guin, cuya cita es una de las tres que abre el libro, la libertad no es un regalo, sino un trabajo duro.

Ficha bibliográfica
Margaret Atwood, Los testamentos (traducción de Eugenia Vázquez Nacarino), Barcelona, Salamandra, 2019, 508 páginas.La ilustración de portada es del artista israelí Noma Bar.