La era Heian (794-1185) es conocida por ser uno de los periodos de la historia japonesa donde el refinamiento y el brillo de la corte imperial impregnaron las artes y la literatura. Obras como La historia de Genji, El libro de la almohada, El diario de la dama Murasaki o El diario de la dama Izumi dan cuenta de ese mundo lleno de sutilezas, protocolo y poesía. También de intrigas palaciegas, amores no correspondidos y, en general, un universo elegante y sutil que ha pasado a los anales como uno de los más prósperos de Japón.

Ese mundo del siglo XII es el que utiliza el escritor francés Didier Decoin (1945) para ambientar su novela La Oficina de Estanques y Jardines (Le Bureau des Jardins et des Étangs, 2016), si bien la atmósfera que retrata no es tanto la del Japón del brillo y boato de la corte sino, en mayor medida, la del Japón de las clases humildes que vivían ajenas a ese mundo que hoy reconocemos como el más representativo de la era Heian.

Didier Decoin plantea la historia de un humilde pescador, Katsuro, y su esposa, Miyuki, que viven de la pesca de carpas vivas para llenar los estanques que pueblan los templos de la capital imperial, Kioto. Cuando el pescador muere en el río Kusagawa tratando de capturar las carpas que deben llegar a los estanques del emperador Kanna, la encargada de llevar los ejemplares hasta la corte será la humilde Miyuki, una tarea que para ella resultará titánica. Así, La Oficina de Estanques y Jardines es un relato sobre un viaje físico e interior, el de Miyuki, que debe afrontar peligros y adversidades cargando los cestos con las carpas (el último recuerdo que le queda de su marido tras su fallecimiento) al mismo tiempo que se enfrenta a la pérdida y duelo de Katsuro.

 

La Oficina de Estanques y Jardines: viaje y sensualidad

El escritor y periodista francés, ganador del prestigioso premio Goncourt en 1977 por su obra John L’Enfer, invirtió más de una década en la escritura de esta novela. Se nota que el trabajo de documentación ha sido exhaustivo, dando como resultado un relato que muestra con gran realismo cómo vivían los campesinos del siglo XII nipón, como era la realidad que los circundaba y cómo la maquinaria de la burocracia imperial se engrasaba con funcionarios y entretenimientos para el joven emperador. No obstante, el escritor francés no renuncia a envolver su relato con aquellos perfumes reconocibles por el lector occidental, como la sensualidad (en muchos casos basado en ilustraciones eróticas del shunga) y un cierto lirismo fruto de un estilo depurado con voluntad de recrear un fresco que transmita el Japón más auténtico y, a la vez, evocado desde la imaginación del lector occidental.

En este sentido, Didier Decoin ofrece en La Oficina de Estanques y Jardines un relato que conecta en ocasiones con obras como Seda de Alessandro Baricco. Su historia es la de un viaje y, también, la de una ensoñación, especialmente en la parte ambientada en Heian en la que los protagonistas se enfrentan a la competición de perfumes.

La Oficina de Estanques y Jardines es una narración bien escrita y documentada, que juega a ofrecer algunos aspectos que habitan en el imaginario occidental, nutriéndolo al mismo tiempo de una prosa contenida y elegante (la traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego al menos así lo transmiten) que evoca las ensoñaciones y refinamientos de la corte Heian.

Quizá la parte más hermosa no sea la ajustada recreación del mundo de los más humildes o de la esplendorosa y refinada corte, sino el amor y tributo que Miyuki rinde a su marido, honrando su memoria con la voluntad de cumplir el encargo por el que dio su vida. Una novela entretenida y hermosa que tiene como una de sus virtudes haber sido capaz de atrapar en sus páginas la esencia del Japón del año 1100, al tiempo que compone un personaje femenino maravilloso en su dignidad y valentía.

Ficha bibliográfica

Didier Decoin, La Oficina de Estanques y Jardines (traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego), Barcelona, Alfaguara, 2018, 347 páginas.

Imagen: Utagawa Hiroshige.