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eniza en los ojos (La Cendre aux yeux, 1957), de Jean Forton (Burdeos, 1930-1982), es una excelente novela pero tiene un pequeño problema: está expuesta a (inevitables y odiosas) comparaciones con la Lolita (1955) de Vladimir Nabokov. Su parecida trama (un hombre maduro sin escrúpulos decide seducir a una jovencita), su punto de vista (el monólogo interior o confesión), y la cercanía de sus fechas de publicación, actúan como una interferencia a la hora de leer el libro. Pero, al mismo tiempo, esas (aparentes) similitudes permiten, por comparación, entender mejor la novela y valorar en consecuencia sus muchas virtudes.

Ceniza en los ojos, recuperada para los lectores ávidos de buena literatura por la editorial barcelonesa Blackie Books, narra una historia ya contada pero a la que el escritor francés dota de un amargo, desolador y perverso punto de vista. Un treinteañero sin ningún atractivo especial, que vive del dinero de su burguesa familia y se dedica a describir en un diario su mediocre y gris existencia basada en banales conquistas amorosas, se cruza un día con Isabelle, una inocente y solitaria chica de dieciséis años cuya vida transcurre entre un colegio de monjas y su desatendido hogar. Atraído por ella, decide seguirla e iniciar una amistad para ganarse su confianza y, finalmente, seducirla. Jean Forton, a través de la voz del protagonista que plasma en su diario la conquista, va recreando los avances y retrocesos de su relación, la euforia del amor imaginado, y la decepción tras la conquista, consiguiendo así que una historia cuyo final podemos anticipar se convierta en una narración rica en matices, sobre todo en lo que tiene de recreación psicológica de un individuo que causa repulsión y, a la vez, fascinación.

Jean FortonEn realidad, la base de la trama es lo único que Ceniza en los ojos tiene en común con Lolita. Ni su protagonista es un culto hombre de mediana edad fascinado por las nínfulas ni Isabelle una ordinaria jovencita que odia a su madre y está loca por crecer. No hay en Ceniza en los ojos pasión ni esa lírica sensualidad que envuelve la novela de Nabokov. El talento del escritor ruso fue convertir una sórdida historia en una pasión monstruosa y dramática. El de Forton es mostrar la sordidez y la mediocridad y que su manera de hacerlo enganche al lector desde la primera página.

Uno de los aspectos que separan las dos novelas es sin duda la recreación de su personaje protagonista. Todo lo que en Lolita es confesión e intento de justificar al monstruo o lo que lo convirtió en él, en Ceniza en los ojos es autoafirmación, ya que Forton muestra deliberadamente al seductor que, consciente y repugnante, relata su diario de seducción sin el menor asomo de arrepentimiento. La conquista de la inestable Isabelle no es más que eso, una simple aventura de la que el protagonista goza en cada uno de los pasos de la caza, mientras que el torturado Humbert tiene raíces más complejas en su interpretación del amor. En cambio, Forton crea a un personaje incapaz de amar, lo que hace aún más trágico el destino de Isabelle.

El seductor de Forton tiene muy poco del atractivo que se presupone en este tipo de personas. “Mediocre, más bien feo y perezoso“, el protagonista de Cenizas en los ojos no es capaz de despertar más que repulsión; así lo compone Forton: lleno de matices siempre modulados hacia el claroscuro, hacia un tipo de alma corrompida que basa su existencia en la mera supervivencia del que sólo busca el propio placer. No hay poesía en la pasión del protagonista. Su pensamiento es frío y cínico como él. El autor francés desnuda, a través del monólogo interior narrativamente explicado en forma de esos diarios que el protagonista escribe para sí mismo, un tipo de hombre mezquino, solitario, una vida insignificante y mediocre que se justifica con la soledad y el aislamiento. No encuentra en Isabelle, como hace creer o se obliga a creer al inicio del idilio, una forma de amor puro que le permitirá redimirse y reencontrarse con su humanidad, sino un simple autoengaño y pasatiempo que, tras la conquista, se vuelve molesto e irritante. Así, el protagonista de Ceniza en los ojos engaña a los lectores que creen en la pasión que él les cuenta, aunque ésta sea sospechosa de pedofilia, al hacerles pensar que lo que describe es un sentimiento de amor que lo hace sufrir. Isabelle, ya lo hemos apuntado, no es más que un entretenimiento. El protagonista de Ceniza en los ojos es profundamente egoísta: es un infeliz que no quiere sufrir y, por tanto, es incapaz de amar.

Dos de los principales aciertos de Jean Forton en Ceniza en los ojos son la textura de la narración y la construcción de su personaje, un cínico individuo capaz de ejercer en el lector un enorme poder de atracción-repulsión. Destaca sobre todo la recreación de una emocionante atmósfera de tristeza y desolación que impregna cada una de las páginas del texto, repleto de un aire de pesimismo y tristeza en el que se muestra que el amor, tal y como lo deseamos, no es más que una fantasía. Ceniza en los ojos que nos impide vez la realidad con claridad y que sólo resulta dolorosa o molesta. Como los amores que acaban mal.

Ficha bibliográfica

Forton, Jean, Ceniza en los ojos (traducción de Palmira Feixas, ilustración de cubierta Emiliano Ponzi), Barcelona, Blackie Books, 2012, 207 páginas.

La imagen de Jean Forton la he tomado de este blog. No te pierdas el artículo de Daniel Jándula sobre Ceniza en los ojos en Revista de Letras.