Cuando estudiaba en la universidad tuve un profesor de redacción periodística que, al entregar un ejercicio, pedía a los alumnos que revisáramos y redujéramos a la mitad el texto. Si se podía decir lo mismo de una manera más sencilla y condensada, nos apremiaba para reducir esa parte aún más. Sólo cuando la historia quedaba sintetizada en su esencia estaba satisfecho. Para él lo superfluo no aportaba nada.

Recuerdo la anécdota tras leer la brevísima novela La virtud de Checchina (La virtù di Checchina, 1883), de la escritora y periodista italiana (aunque nacida en Grecia) Matilde Serao (1857-1927), que acaba de recuperar la editorial madrileña Ardicia con traducción de Pepa Linares. Precisamente en ella se nota una firme voluntad de contar sin ensuciar la historia con elementos innecesarios, al modo de un buen texto periodístico. Una costumbre probablemente heredada de su trabajo como redactora en la Italia de finales de siglo XIX, que consigue que su novela sea un prodigio de la condensación. Una especie de guiso metido en una olla a presión que resulta en pura esencia.

Matilde Serao y la tradición literaria de las adúlteras

La virtud de Checchina se publicó en la publicación Domenica Litteraria entre noviembre y diciembre de 1883, cuando Matilde Serao contaba con veintiséis años y hacía poco que había llegado desde Nápoles a Roma para desarrollar su labor periodística y literaria. Su novela plantea una historia trivial que de partida resulta poco novedosa. Checchina es una humilde e inocentona ama de casa casada con un médico de carácter grosero y tacaño, Toto Primicerio. Ambos viven en la ciudad de Roma junto a Susanna, una sirvienta de malos modales marcadamente beata. La vida de Checchina es austera y sencilla, aunque la tacañería de su marido les obliga a vivir con estrecheces de manera innecesaria. La aparición de un marqués que comienza a cortejarla colocará a la protagonista en una situación angustiosa, no tanto por el debate moral que pueda sentir al pensar en el adulterio, sino por los apuros económicos que una aventura como ésta pueden suponerle.

En la trivial historia que nos cuenta Matilde Serao Checchina está más preocupada por la realidad que por sus propios sueños, porque es incapaz de permitirse pensar en volar.

Como vemos, Checchina es, por el planteamiento de la historia, un personaje heredero de la tradición literaria de mujeres casadas insatisfechas que comenten adulterio. Pero mientras en Emma Bovary o en Anna Karenina bulle un deseo, el que llenar su aburrida vida de pasión, Checchina es un ser que apenas se atreve a romper con su destino. Como señala jocosamente Natalia Ginzburg en el postfacio de la edición de Ardicia, “en ella, las fantasías y los sueños se parecen a los intentos ineptos y patéticos, pero sobre todo cómicos, que hace un tranquilo animal de corral para alzar el vuelo.”

En la trivial historia que nos cuenta Matilde Serao Checchina está más preocupada por la realidad que por sus propios sueños, porque es incapaz de permitirse pensar en volar. La aventura amorosa que se le ofrece como posibilidad de escapar de un matrimonio aburrido con el tosco Toto no es más que una angustiosa obligación para ella. Y aquí reside la tragicomedia del personaje. Pesan más problemas mundanos como el coste de las prendas que ella cree necesitar para estar a la altura del marqués que la corteja, que la salvaguarda de su virtud. Checchina no es la Ana Ozores de Leopoldo Alas “Clarín”. No se debate entre la tentación y su honra. Por eso el personaje de Matilde Serao nos inspira compasión, al mismo tiempo que una cierta risa mezclada con pena.

Matilde Serao

Otro de los aspectos que destacan en el planteamiento de la historia ya conocida del adulterio decimonónico es la mirada hacia lo cotidiano y hacia el peso de los objetos en la vida de sus personajes.  En este sentido, Matilde Serao les da vida mediante la mirada hacia las cosas. Sus hogares, sus prendas de vestir, los alimentos que toman… Son éstos y no otros los elementos que conducen al lector hacia la identidad de Checchina, Toto o Susanna: desde qué posición ocupan hasta quienes son. La escritora italiana se siente cómoda moviéndose en la cotidianidad, en el mundo gris de sus personajes, lo que hace de La virtud de Checchina no tanto un relato sobre la angustia que se cierne sobre una mujer a punto de cometer adulterio, sino sobre la vida vacía de una mujer atrapada por su simplicidad y por el peso desesperado e insoportable que tiene para ella el valor de los objetos.

Dice bien Natalia Ginzburg cuando señala que Checchina “huye como un conejo de las calles del adulterio y se agazapa porque prefiere los olores domésticos de su huerto y de su hierba a todo lo demás. Transformada en conejo, la señora Bovary no conoce en este relato los parajes de la tragedia, que aquí solo se contempla dentro de la comicidad.” La supuesta virtud de Checchina es en realidad el resultado de la domesticación de una mujer incapaz de salir del espacio que le han asignado. Su miedo a vivir  la sitúa en el corral de los animales mansos que no se atreven a volar. Y aquí radica el drama. Cómico. Pero al fin y al cabo, drama.

Referencias

Matilde Serao, La virtud de Checchina (traducción de Pepa Linares y postfacio de Natalia Ginzburg), Madrid, Ardicia, 2015, 84 páginas.

La imagen de la ilustración de portada es de Alice Provensen, cortesía de la editorial Ardicia. La foto de Matilde Serao está tomada de Il Mattino.