El escritor italiano Luigi PrirandelloEn ocasiones un pequeño incidente puede provocar grandes cambios. Es más, un detalle nimio en el que nunca habíamos reparado puede convertirse en el detonante de una nueva percepción de la realidad, totalmente distinta de la que hasta el momento se tenía como cierta e incluso como única e inamovible, haciendo tambalear en el proceso los cimientos de nuestra propia identidad. Ésa es una de las muchas impresiones que sacuden al lector que se adentra en Uno, ninguno y cien mil (Uno, nessuno e centomila, 1926), del escritor italiano Luigi Pirandello. Tras finalizar su lectura, una pregunta, entre muchas, asalta incluso al lector menos avezado y lo deja en suspenso durante un tiempo: “¿Quién soy realmente?”

El verdadero yo, ¿existe?

Uno, ninguno y cien mil fue la última novela publicada por el escritor y dramaturgo italiano Luigi Pirandello (1867-1936), quien consideró esta obra, de larga y penosa gestación, como una especie de “testamento vital”. Efectivamente, en la novela subyacen muchos de los intereses y “demonios” de la filosofía personal del premio Nobel siciliano, en especial el relativismo existencial, dotado en este caso de una pátina irónica y aun desoladora. Ya el propio título del libro define la idea central de Uno, ninguno y cien mil: la identidad humana es múltiple y cambiante y, por ello, inasible. Porque, tal y como plantea Pirandello en sus páginas, cada individuo se compone de numerosos y diversos fragmentos que pueden recomponerse formando una nueva personalidad. El ser humano es, a la vez, un único individuo pero, también, cien mil, tantos como los demás son capaces de verlo. Y, finalmente, ninguno, porque ninguna de esas personalidades podrá ajustarse nunca a un único y verdadero “yo”.

La novela arranca con un descubrimiento absurdo e incluso grotesco que sirve de detonante para el desarrollo de esta idea. Su protagonista, Vitangelo Moscarda, descubre un día, al observarse en el espejo, un detalle físico en el que nunca había reparado: su nariz, que siempre había considerado normal, incluso “perfecta”, está levemente torcida. Al preguntarle a su mujer si ella había notado este hecho, ésta se sorprende al descubrir que el propio Moscarda no hubiera reparado nunca en ello. El protagonista comprende, entonces, que no es quien creía ser, que la idea que tenía de sí mismo no se corresponde con la realidad o, al menos, con la realidad que percibe su esposa. Este incidente provoca que Moscarda tome conciencia de un nuevo “yo” desconocido para él hasta el momento, y asume que posiblemente “el Moscarda de la nariz torcida” sea su verdadero “yo”.

Los múltiples “yo”

“Gracias a” este descubrimiento (o quizá sería más acertado decir, como se verá durante la trama argumental del libro, “por culpa de” este descubrimiento), el protagonista advierte, con cierto desconcierto y algo de horror, que ese detalle puede ser el primero de muchos aspectos que él ignora de sí mismo y que, no por haber permanecido ocultos hasta ese momento, son menos reales. Porque ese “uno” que él creía ser, puede no ser el único y verdadero Moscarda. En este sentido, el personaje percibe, en su razonamiento, que son los demás los que lo ven de una manera determinada y, por tanto, lo interpretan y, a la vez, lo “recrean”. Moscarda se da cuenta de que no es sólo el Vitangelo Moscarda felizmente casado de nariz perfecta que él conocía hasta su absurdo descubrimiento. Advierte que también es Gengè, el hombre con el que su mujer está casado y al que ella denomina con ese ridículo diminutivo, el Gengè que pasea a su perrita Bibì y dialoga con ella. Y que también es para muchos de los habitantes de la ciudad en la que se desarrolla la novela un “usurero” en lugar de un respetado y despreocupado propietario de un banco que vive de las rentas. Moscarda puede ser “muchos”. Tantos como los demás lo construyen:

“¡Ah, ¿creéis vosotros que se construyen sólo las casas? Yo me construyo de continuo y os construyo, y vosotros hacéis otro tanto. Y la construcción dura mientras no se resquebraja el material de nuestros sentimientos y mientras dura el cemento de nuestra voluntad”. (pág. 62)

La asimilación de esta multiplicidad sumerge al protagonista en un complejo estado mental de confusión, y, a la vez, determinación. Vitangelo Moscarda niega la posibilidad de ser varios individuos a la vez y comienza a trazar un plan, primero para descubrir cómo le ven sus conocidos y, después, para destruir todas esas imágenes que él considera falsas y equivocadas:

“…ninguna realidad ha sido dada ni existe, sino que, si queremos ser, debemos construírnosla nosotros; nunca será una para todos, una para siempre, sino que será constante e infinitamente inmutable”. (pág. 90)

A partir de ese momento, el personaje inicia una serie de acciones e interacciones con sus conocidos que rápidamente provocan en ellos una nueva percepción: Vitangelo Moscarda actúa de manera extraña y, por lo tanto, está “loco”. El intento de Moscarda de destruir aquellos “Moscardas” que él consideran erróneos provocan un nuevo y desolador descubrimiento que argumenta en un momento de la novela dirigiéndose a Anna Rosa, una amiga de su mujer:

“No se puede vivir delante de un espejo. Procure no verse nunca. Porque, por más que lo intente, nunca conseguirá conocerse tal como la ven los demás. ¿Y de qué sirve, entonces, conocerse sólo para uno mismo?” (pág. 206)

Uno, ninguno y cien mil es, en definitiva, una breve pero densa novela a la que hay que acercarse para reflexionar, aunque sea sólo unos instantes, sobre uno mismo. Pocos libros resultan amenos y, a la vez, tan profundos. La estructura de la novela ayuda a este propósito. Pirandello teje una narración en primera persona que, a lo largo de una estructura dividida en ocho libros, da voz a un torturado y humano protagonista que comparte con el lector su proceso de “reconocimiento” al dirigirse a éste frecuentemente para hacerle partícipe de sus reflexiones. En este sentido, el principal acierto del escritor italiano es dividir cada uno de los ocho libros que componen Uno, ninguno y cien mil en breves “capítulos-confesiones” que consiguen agilizar una lectura que, por sus características temáticas, podría perder a algún que otro lector en ciertos momentos.

Referencias

Pirandello, Luigi, Uno, ninguno y cien mil (trad. José Ramón Monreal), Barcelona, Acantilado, 2004.