Suena a egoísmo. Lo es. Pero cuando consideras un libro como una pertenencia no sólo material, sino también sentimental, la pérdida que supone prestar un libro que sabes que nunca te devolverán es enorme. Prestar libros es un peligro. Siempre.

Mis libros contienen dos historias: la que cuenta su autor y la que rodea su llegada a mi biblioteca. Las dos son igual de importantes. Puedo recordar, en su mayoría, cómo llegó un libro a mis manos: si fue un regalo y quién fue la persona que pensó en mí cuando me lo dio o, si fui yo quien lo compré, en qué librería y quién me acompañaba. Mis libros son los momentos que lo rodearon en la entrega y los momentos que acompañaron su lectura.

Cada vez presto menos mis libros. Últimamente casi nunca. Sólo a personas en quien confío y que sé que apreciarán el libro en caso de no devolverlo. En el pasado he prestado libros a personas para las que la lectura no suponía una necesidad vital. Son las peores. Hay que desconfiar de quienes te dicen “¿me prestas algún libro que esté bien?” No llegan a terminarlo y lo abandonan en sus estanterías olvidando la historia y quien se lo prestó. 

Las pérdidas más dolorosas son las de los libros que prestaste a alguien a quien quisiste y que desapareció de tu vida. Pero al final la pérdida que más duele es la del libro. Sin duda. Suena a egoísmo. Lo es.

Recuerda: nunca prestes un libro. Si acaso, regálalo. En caso contrario, el libro tendrá tres historias: la que cuenta su autor, la que rodeó su llegada a la biblioteca y la de su pérdida. Y ésa, sin duda, suele ser la peor.

La foto es de Rachel Johnson y tiene licencia creative commons.