No hay mundo que se preste mejor a la pretenciosidad y a la pedantería que el mundo de la cultura. Se trata de un entorno repleto de intrusos, de falsos intelectuales que saben cómo enmascarar sus carencias mediante discursos impostados y, a la vez, vacíos. Todos hemos conocido personas de ese tipo en nuestro entorno o trabajo (sobre todo en el trabajo). Pedantes autosuficientes que intentan hacerse pasar por lo que no son, olvidando en la mayoría de los casos su propia estupidez. No son sólo los esnobs de la cultura y la innovación, sino también aquellos individuos cuya ignorancia (disfrazada y diluida, eso sí, gracias a lugares comunes y opiniones de segunda mano) es tan evidente que no hay quien se arme de valor para desenmascararlos.

La escritora norteamericana Edith Wharton sí que lo hace en su estupendo y divertido relato Xingú (Xingu, 1916), un afilado y maligno aguijón dirigido a este tipo de personas. Bajo la apariencia de un inofensivo relato, la neoyorquina traza en apenas 80 páginas una sátira de la falsedad intelectual y de los círculos de esnobs, cuya estupidez es tan osada e insultante que sólo merece el desprecio o la indiferencia.

edith Wharton

‘Xingú’: estupidez en tres actos

Xingú cuenta la historia del Club del Almuerzo, un club de lectura compuesto por varias damas (aparentemente) eruditas de la buena sociedad de un pequeño pueblo, Hillbridge. Las señoras se reúnen periódicamente para discutir sobre la lectura de libros que han llevado a cabo en semanas anteriores, compartiendo así un sentimiento de pertenencia a un estrato superior. El objetivo es, como indica una de las damas, “reunir las tendencias más elevadas de Hillbridge… para centralizar y dar cauce a su producción intelectual.” El punto de partida del relato es la invitación de una escritora llamada Osric Dane, cuyo último libro ha causado sensación entre las lectoras, a una velada en el club para compartir impresiones con ella.
El relato tiene una composición clásica y se estructura en tres partes: una primera en la que arranca el inicio y en el que se retrata el pequeño núcleo de las damas, una segunda donde se produce el giro irónico o anécdota/problema, y una tercera en la que llega finalmente el cierre y la resolución.

La caracterización de los personajes se logra, como es habitual en Wharton, mediante el uso de la ironía en el discurso del narrador omnisciente, y sólo hay que leer las primeras líneas del relato para ver la magnífica recreación de una de las damas protagonistas, la señora Ballinger, la fundadora del club. Ella y sus compañeras de club son esa “categoría de damas que persigue la Cultura en cuadrillas, como si fuera peligroso encontrársela a solas“, personajes con aires de superioridad intelectual que son incapaces de enfrentarse a la cultura si no lo hacen en grupo, protegidas por las ideas compartidas y tomadas “de prestado”.

La estructura del club es piramidal, con una “jerarquía cultural” que condena a aquellos que no están en su mismo nivel. Es el caso del personaje de señora Roby, censurada por el club y relegada a un segundo plano al confesar a las demás damas que no ha sido capaz de leer la última novela de la señora Dane al haber “quedado atrapada” con la lectura de Anthony Trollope. Este pequeño incidente es el detonante del ostracismo del personaje, ya que las damas son, aparentemente, fuertes como grupo (y como tal expresan sus opiniones), y aquellas que no siguen los dictados de la manada no son bien acogidas por sus “comportamientos inapropiados”. Además de esta fobia hacia la individualidad, el grupo es un círculo cerrado donde la ignorancia queda velada al exterior, a buen recaudo. Las opiniones grupales sólo se manifiestan según las líneas del club. Nadie dice nada que esté fuera de la corriente de pensamiento, por lo que la seguridad que aportan los lugares comunes y las opiniones generales es fundamental. El personaje de la señora Plinth, por ejemplo, así lo manifiesta antes de la llegada de la famosa señora Dane: “lo único que pido es saber de antemano de qué vamos a tratar, porque solo así me sentiré segura de decir algo conveniente.

La llegada de la esperada escritora Osric Dane cierra la primera parte y da paso al núcleo del relato. La señora Roby, relegada a un segundo plano por las damas, asiste a las ridículas conversaciones de las protagonistas, incapaces de llevar a cabo un diálogo medianamente inteligente. Ella es la única consciente de la verdadera naturaleza de las damas del club, escudadas tras conocimientos enciclopédicos inútiles que utilizan como protección para no expresar sus pensamientos. Para testar esto y vengarse sutilmente, decide introducir en medio de la visita de Osric Dane el misterioso tema de Xingú. Perplejas, las damas, ante un elemento desconocido (¿qué es Xingú? ¿Un libro? ¿Una corriente filosófica? ¿Una religión?), deciden adoptar la postura del que, con frases y argumentos vagos y generales, pretenden hacerse pasar por eruditos sin que se note. No son capaces de reconocer su ignorancia y por eso su postura resulta tan ridícula.

Con ese juego de sobreentendidos acerca de la naturaleza de “Xingú”, que se desvela al final del relato, Edith Wharton pone de manifiesto, como indica Diana Weinblatt en su ensayo “Power in a Gilded Cage: Why the Xingu Lunch Club is Dissatisfied”, que la señora Roby no es una más ya que es un individuo con criterio propio capaz de identificar a estos falsos intelectuales.

La cultura “de salón” y los lectores mecánicos

Xingú es un relato perfecto estructuralmente que recoge algunas de los intereses de la escritora norteamericana. Como indica Eva Puyó en su prólogo a la edición de Contraseña, es un artefacto literario que busca la concisión, la austeridad y la economía del lenguaje. Pero, además, en este texto Edith Wharton apunta su crítica hacia ese tipo de personas que concibe la “cultura” como algo que se comparte en salones tomando el té y hacia ese tipo de lectores “por obligación” que ingieren libros más por costumbre que por placer. Es lo que ella denominó en su ensayo “The Vice of Reading” (1903) “lectores mecánicos“, lectores que nadan en la superficie de los textos y cuyas opiniones son siempre prestadas:

The obligation of expressing an opinion on every book which is being talked about has led to the reprehensible but natural habit of borrowing opinions. Any one who frequents a group of mechanical readers soon becomes accustomed to their socialistic use of certain formulas, and to the rapid process of erosion and distortion undergone by much-borrowed opinions. There have been known persons heartless enough to find pleasure in taking the mechanical reader unawares with the demand for an opinion; and it must be owned that the result sometimes justifies the theory that no sports are so diverting as those which are seasoned with cruelty. In such extremities, the expedients resorted to by mechanical readers often do justice to their inventiveness; as when a lady, on being suddenly asked what she thought of “Quo Vadis,” replied that she had no fault to find with the book except that “nothing happened in it.”

 

Xingú es, en definitiva, un libro de humor envenenado, una crítica hacia la estupidez cultural que la editorial zaragozana Contraseña ha publicado con esmero y buen gusto, contando con el trabajo de traducción de Pepa Linares y envolviendo las palabras de Edith Wharton en las siempre adecuadas ilustraciones de Sara Morante, quien para esta edición se ha sumergido en el universo elegante y refinado de las telas de los vestidos del XIX, los detalles sugerentes de los juegos de té, los cortinajes y los divanes de ese salón preciosista que acoge a las damas del Club del Almuerzo. Y en cada ilustración, las sutiles miradas de unas a otras, que trasmiten sus pensamientos (o carencia de ellos). Fantástica.

Ficha bibliográfica

Edith Wharton, Xingú (traducción de Pepa Linares, ilustraciones de Sara Morante, prólogo de Eva Puyó), Zaragoza, Contraseña, 2012, 81 páginas.

La ilustración de Xingú es de Sara Morante y se ha extraído de su blog. La imagen de Edith Wharton está tomada en 1907, es de dominio público y se encuentra en Wikimedia Commons. Cortesía de Beinecke Rare Book & Manuscript Library, Yale University.

Otras obras de Edith Wharton que merece la pena leer

La casa de la alegría (The House of Minth, 1905)

Las costumbres del país (The Customs of the Country, 1913)

La edad de la inocencia (The Age of Innocence, 1920)