El marino que perdió la gracia del mar (Gogo No Eiko, 1963) es una de esas novelas capaz de impactar al lector por su delicadeza y, al mismo tiempo, crueldad. De este tipo de contrarios se nutre, precisamente, la narración de Yukio Mishima (1925-1970), construida sobre elementos antagónicos que dan lugar a una historia de enorme potencia y poesía.

En esta nouvelle publicada en 1963 encontramos a Ryuji, un marino que decide dejar su vida en el mar por amor a Fusako, una adinerada viuda cuyo hijo, Noboru, no ve con buenos ojos el abandono del marino de su vida de aventuras. Resentido con su madre y decepcionado con el marino, al que ve como una especie de héroe, trama una sutil venganza apenas sugerida. Con este peculiar triángulo de personajes, Yukio Mishima vuelve a explorar, como en la mayoría de su obra, las relaciones humanas y sentimientos como la crueldad, el deseo y la melancolía.

El estilo narrativo de Mishima en El marino que perdió la gracia del mar es limpio y cristalino, dotado de una sensualidad y poesía que refulge en muchos de los pasajes del libro. Las descripciones de los personajes protagonistas son de gran plasticidad y agudeza, si bien es la construcción de la trama y las resonancias de la historia las que hacen de El marino que perdió la gracia del mar una de las novelas más evocadoras de Mishima.

Uno de los elementos que caracteriza esta obra es su vinculación con la idea de la muerte y la destrucción. Así, el personaje de Ryuji se construye sobre la fatalidad, ya anunciada desde su más tierna edad (“Los únicos recuerdos de su vida en tierra eran de eterna devastación: pobreza, enfermedad y muerte. Al convertirse en marino, se había apartado de la tierra para siempre.“) El mar abre, para el personaje de Ryuji, una existencia feliz, aunque solitaria, y cuando el personaje decide volver a tierra es cuando sobre él se cierne de nuevo ese destino definido por la destrucción.

Frente al componente poético que define la viril construcción del personaje, se alza la perversa e inquietante juventud representada por Noboru y sus innominados amigos. Hijos de la postguerra tras la Segunda Guerra Mundial, los chicos son más toscos y conscientes de su propia mortalidad, frente a la sutileza de Fusako y el idealismo de Ryuji. En ese entorno en el que la niñez se da por perdida (o se vive con soltura una suerte de niñez perversa), el personaje de Noboru construye su venganza y el lector asiste a la visión de los personajes protagonistas desde otro prima distinto al que el narrador ha estado esbozando.

En este sentido, el jefe del grupo de chicos con los que se desarrolla Noboru da la clave de su pensamiento en un momento de la novela: “El verdadero peligro no radica sino en vivir. Claro está que vivir no es más que el caos de la existencia, y más aún: es el afán loco y erróneo de ir desmantelando instante a instante la existencia hasta ver restaurado el caos inicial, y entonces, con la fuerza que da la incertidumbre y el miedo originado por caos, volver a recrear instante a instante la existencia.” El jefe del grupo se define claramente a través de sus palabras. Su lucha es contra la madurez (una forma de perversión), contra el tradicionalismo de generaciones anteriores. Su fin último, demostrar que son genios y que el mundo está vacío. Así, en El marino que perdió la gracia del mar Yukio Mishima contrapone dos mundos: el del Japón más tradicional con el más rebelde, trasgresor y descreído de las nuevas generaciones.

El marino que perdió la gracia del mar es, en definitiva, un inquietante relato caracterizado con un pulso estético y elegante con el que Yukio Mishima ofrece dos maneras de ver el mundo. Su prosa ondulante y sugerente hacen de esta novela una lectura necesaria para conocer a uno de los más grandes narradores del siglo XX.

Ficha bibliográfica

Yukio Mishima, El marino que perdió la gracia del mar (traducción de Jesús Zulaika Goikoetxea), Madrid, Alianza, 2016, 196 páginas.

Diseño de portada Manuel Estrada.