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‘La buena novela’, de Laurence Cossé

La buena novela - Laurence Cosse

Justo ayer, 30 de noviembre, se celebró el Día de las Librerías, una jornada en la que por segundo año el gremio de libreros españoles ha puesto en marcha diversas actividades culturales, ampliado sus horarios de apertura, y ofrecido obsequios y descuentos para fomentar la lectura y compra de libros. Una fecha viene que ni pintada para hablar de una estupenda novela que, precisamente, tiene como protagonista una librería: La Buena Novela (Au bon roman, 2009), de Laurence Cossé (Bolougne-Billancourt, 1950).

Editada por Impedimenta, La Buena Novela contiene varios ingredientes que la convierten en una novela de ésas que te atrapan, se leen con una media sonrisa y se disfrutan hasta la última página: un misterio sin resolver, un amor imposible y el mundo de los libros como telón de fondo. La historia nos lleva hasta el París de nuestros días, donde un antiguo vendedor de libros y cómics, Ivan “Van” Georg, y una rica y elegante dama de la clase alta parisina, Francesca Aldo-Valbelli, se unen para fundar una librería de lo más peculiar: “La Buena Novela”, un lugar donde sólo se venderán obras maestras elegidas por un comité secreto de ocho escritores. Nada más abrir sus puertas el proyecto se convierte en todo un éxito, pero también comienzan a sucederse ataques contra la iniciativa desde distintos sectores de la sociedad: medios de comunicación, escritores y otros competidores que cuestionan su filosofía y concepción de lo que es o no buena literatura. Los protagonistas no dejan de luchar para mantenerse al pie del cañón, hasta que un día, y de manera casi simultánea, tres de los miembros del comité sufren unos sospechosos accidentes que les obligan a acudir a la policía.

La propuesta de Laurence Cossé sigue la estela de las novelas sobre bibliofilia, esas narraciones que hacen de los lectores y de su pasión por la literatura su tema principal. Libros sobre lectores que leen y hablan de libros, sobre personas que han sucumbido a una pasión que les hacer pertenecer y reconocerse como parte del grupo de “letraheridos”, como sucede, por ejemplo, en 84, Charing Cross Road (1970) de Helene Hanff, La librería (1978), de Penélope FitzgeraldUna lectora nada común (2007) de Alan Bennett o El lector (1995) de Bernhard Schlink, por no hablar del más celebre de los lectores de novelas, el ingenioso hidalgo Don Quijote.

La Buena Novela es un libro interesante por varias razones. Al margen de la entretenida trama y los continuos “cameos” de grandes obras y escritores que se mencionan en sus páginas, está muy bien escrita y emana un profundo amor hacia la literatura. También es evidente que Laurence Cossé ha querido examinar la situación a la que han llegado los sectores relacionados con los libros: editoriales que publican cualquier cosa que huela a ventas sin ningún criterio de calidad; pseudonovelas escritas por periodistas o superficiales historias de argumentos vacíos; el sistema de novedades que ahoga a los libreros impidiéndoles leer todo lo que reciben y, por tanto, ejercer su labor de recomendadores y descubridores; la perniciosa función de algunos premios literarios; o el mercado saturado de “superventas” que ocupan todo el espacio de las librerías. En definitiva, una sutil aunque directa defensa de la literatura como “alimento cultural” en lugar de como mera industria.

Otro de los aspectos sobre los que Laurence Cossé quiere reflexionar es la imposición de la mediocridad como gusto general, un tema que siempre es controvertido (¿Qué es bueno y malo? ¿Quién lo decide?). Leyendo La Buena Novela, uno puede sentirse identificado con esta línea crítica, aunque también es cierto que uno de los rasgos de las intenciones de Cossé que pueden ponerse en duda es su cierto tufillo a idealismo esnob en los protagonistas de la historia. Por ejemplo, Van declara en un momento de la novela, cuando se le pregunta sobre la filosofía que mueve su proyecto:

Hoy en día todo el mundo coincide en pensar que se publican demasiados libros sin el más mínimo interés. Consideramos ese fenómeno como una contaminación del espíritu, y sencillamente nos plantamos: basta. Neguémonos a permitir que nos contaminen el gusto.

No obstante, el resultado general es casi redondo y conviene advertir que muchas de las novelas que se ofrecen en la librería de Van y Francesca, más que elitistas, como muchos les critican, son novelas que tienen algo, que emocionan, que hacen sentir cosas a los lectores. Es cierto que hay numerosos autores minoritarios (sobre todo franceses, como no podía ser de otra manera), pero también muchas grandes novelas que todos hemos podido haber leído o al menos haber oído hablar de ellas en alguna ocasión. No es La Buena Novela una defensa de la alta literatura como pueda parecer a priori, sino de aquella literatura que provoca en el lector una reacción y unas emociones. La escritora francesa defiende además las librerías como espacio para el disfrute, como una consecuente prolongación del libro. La librería no es una tienda donde se exhibe la mercancía, del mismo modo que los libros no son productos, sino un lugar de inspiración y refugio.

Con unos cuantos recursos de género y numerosos referentes metaliterarios que harán las delicias de aquellos lectores que amen los libros y las historias sobre libros, la historia de La Buena Novela perfila gracias a una escritura precisa, fácil y amena. Una novela deliciosa de y para los que aman los libros. Y las librerías. Larga vida.

Ficha bibliográfica

Laurence Cossé, La buena novela (traducción de Isabel González-Gallarza), Madrid, Impedimenta, 2012, 416 páginas.

La imagen de Laurence Cossé la he tomado de esta web. (c) Catherine Hélie para Gallimard.

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