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Truman Capote por Arnold Newman

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Truman Capote está tumbado en un barroco diván, relajado pero manteniendo una poco natural.  Lleva un sombrero ladeado, un abrigo ligero y se ha quitado los pantalones. Se notan las marcas de los calcetines, pero él olvida estos detalles sin importancia y mira a la cámara con un gesto pícaro, consciente de su presencia y del atractivo que destila. Está tumbado porque es un autor horizontal. Un artista que no podía pensar a menos que se tumbara junto con un café y un cigarrillo.

Es excesivo como la habitación que le rodea. Egocéntrico, como muestran los diversos retratos de él mismo que le acompañan. Varios elementos disonantes, pero, a la vez armoniosos, dan la nota extravagante: un cuerno, figuritas kitch de animales, un busto algo diabólico de un pequeño putto… Sin embargo, el ojo de la cámara nos conduce inevitablemente desde esos elementos hasta una mano lánguida. La mano del escritor. De Truman Capote. El que mira al objetivo de la cámara del fotógrafo Arnold Newman y sonríe cómplice, como si dijera: “Sé que no podéis dejar de amarme”.

‘Truman Capote’. Arnold Newman (1918-2006), apartamento de Truman Capote, 1977.

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