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Los libros bellos

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Casi da pereza mencionarlo, pero el debate entre libro de papel y libro electrónico sigue vigente. Hay quien se aferra al objeto como razón fundamental para decantarse por el primero, y otros prefieren la comodidad del dispositivo digital. Quizá la solución pasa por conjugar ambos soportes disfrutando de las ventajas que aportan.

Sea como sea, una de las principales defensas que se hacen del libro en papel es su condición de objeto físico de valor, en el que el contenido se envuelve en una serie de “aderezos” que multiplican el placer y la experiencia lectora: buenas encuadernaciones, un papel cuidado, ilustraciones, una tipografía con personalidad… En definitiva, una edición hecha con mimo multiplica la calidad del texto.

Las pequeñas editoriales y los “libros bellos”

Esta tendencia ha provocado que en las últimas décadas hayan surgido numerosas editoriales que, modestas en su tamaño, buscan sin embargo componer un catálogo esmerado que aúne buena literatura con una factura cuidada, conscientes de que la diferencia la marcarán las ediciones de este tipo.

Entre las pioneras se encuentran editoriales que, desde su nacimiento, decidieron apostar por una estrategia editorial que copara nichos de géneros y lectores, mostrando, de esta manera, el valor diferencial de sus propuestas. Las más vetustas, las “abuelas” del panorama editorial español, fueron sin duda Anagrama, Lumen o Tusquets, y en años posteriores surgieron las independientes Acantilado, Alba, Funambulista o Libros del Asteroide, volcadas en recuperar clásicos o títulos relevantes. Periférica, Salamandra, Sexto Piso o Páginas de Espuma, entre otras, apostaron por autores o géneros concretos.

La segunda edad de oro editorial llegó con las propuestas de Nórdica, Impedimenta, Bartleby, Ardicia, Errata Naturae, Contraseña, Gallo Nero, Capitán Swing o Blackie Books, claramente decididas a crear un proyecto editorial consistente y, sobre todo, volcado en producir libros bellos. Más allá de nuestras fronteras algunas editoriales de prestigio también pugnan por publicar buenos libros que por desgracia apenas llegan a nuestras librerías. Es el caso de la argentina Eterna Cadencia, la colombiana Tragaluz, la mexicana Almadía o la ecuatoriana Paradiso.

Al lector de este tipo de libros no le atrae especialmente la frialdad del libro electrónico. Reconoce su comodidad y funcionalidad, pero echa en falta su belleza. No hay calidad más allá de las formas del dispositivo, y la composición digital no transmite la misma sensación de tacto y vista de la que dispone el libro en papel.

Los lectores de estos libros reconocen el valor del objeto, y no les importa el aspecto práctico. No adquieren la historia que quieren leer. Adquieren el trabajo editorial: la decisión de publicar un título olvidado, el mimo del editor por conseguir los mejores materiales y los ilustradores que mejor reflejen el espíritu del libro, el proceso de traducción y corrección, el olor a tinta tras los trabajos de impresión y las erratas escurridizas. Se llevan un objeto. Una pequeña obra de arte.

Vía GlobalBook | Penguin Classics

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